(…) Esta carta es bifuncional, ya que hace las veces de carta y crítica desacartonada de academicismo y dramaturgia de despacho, que es generada por un mero espectador, simple y niño, nada mas ni nada menos.
Ni bien llegué, me involucré con dos entidades deletéreos y alegres, coloridos, curiosos, y que concitan la atención inmediata de los bajitos y los pequeños: los bajitos gigantes y nunca pequeños en su posibilidad de imaginar; los pequeños, adultos que ya no pueden jugar. Por suerte en la sala había adultos con gran capacidad lúdica. Como decía, al instante en que emergieron hechos casi uno me pregunté de donde salieron esos seres maravillosos y atemporales, asexuados y movedizos. Resultaron ser dos sabios niños que ante el desconocimiento buscan, procuran, y que ante el tedio imaginan honrando la memoria. Saben encontrarle la vuelta mediante el juego a la lucha contra el aburrimiento, con tanta gracia que hasta la lucha es juego en ellos.
Una vez en clima de leyenda y fantasía a la que uno es llevado por la música, letánica y dulce; las luces, usadas con precisión; y los artilugios histriónicos de los seres sin tiempo, me sentí recostado sobre la emoción. Al pez kusturikeño azulado lo vi nadar y pude sentir su goce al desplazarse sin roce, y pude experimentar el no dolor al ser atravesado por la lanza (Solo el huuuu de los chicos), sublimado ese dolor por la satisfacción del cazador al conseguir su comida.
A partir de ese momento la historia del mapic se va construyendo con coherencia e hilación, utilizando como principales herramientas a las que habitan en la imaginación, que surgen de la tierra de las metáforas.
Todo el tiempo el yo-niño imaginó lo sugerido con nitidez, y cuando me permitía la obra con su demanda efectiva de atención, observaba a mis pares niños, tan obnubilados como yo con ese árbol gigantesco, frondoso; ese Mapic (por fin los chicos develamos el misterio) suculento que nos llevó hasta el cielo.
Al cazador egoísta, maravillosamente logrado en su acopio ambicioso, se lo ve derrumbarse de culpa su altivez cuando la anciana derriba el árbol, ante la pasividad impertérrita del avaro cuando ella casi suplicaba, nunca mendigando, que compartiera la comida.
Toda la pieza se sostuvo a partir de una estructura sólida cargada de imágenes, visiones, sueños y cantidad de metáforas que por momentos (Cuando la abuela enseña a su nieta a subir al cielo) me anegaron los lagrimales y me retrotrajeron a mis propias tardes con mi abuelo. Es cierto que últimamente, casi unos treinta y cinco años, ando medio sensible, pero calculo que ningún niño ni adulto fue impermeable a la emoción que se enseñoreo por la sala.
Fue un alivio encontrarme con una obra que no subestimase a los niños, y que no apelara a la comedia fácil para tratar de divertir. La emoción y el conflicto también divierten, y fue un gusto poder ver a unos cuantos pibes con la mirada puesta sobre el escenario y divirtiéndose con una apuesta ambiciosa y demandante.
Tal vez el hombre necesite de la pérdida del cielo para recapacitar, para temer, pero como me gustaría que el Mapic vuelva a crecer para treparme por él hasta el firmamento, como ascendí durante unos minutos gráciles, casi mayúsculos en su intensidad y duración onírica, gracias a ustedes, a la memoria de siglos frente al fuego, y a eternos nietos y abuelos llenando el mundo con algo mas que maleza y alimañas.
Adrián Dubinsky